/ lunes 7 de marzo de 2022

¿Qué efectos tiene en el organismo decir groserías?

Las palabras altisonantes tienen una estrecha relación con la parte antigua del cerebro relacionada con la supervivencia

Es posible que decir groserías nos haga parecer maleducados y dignos de poca confianza, pero también se ha planteado que puede tener un efecto de catarsis, no obstante manifestarlas en situaciones de enojo pueden retroalimentar el impulso de luchar, por lo que es importante entender sus efectos en el organismo.

La frustración y la ira son manifestaciones del enojo y el usar groserías en una situación de amenaza no ayudará para resolver el problema, pero además no pasará nada si se suprimen, expresa Gerardo Sánchez, académico de la Facultad de Psicología de la UNAM.

Esto porque el ser humano tiene un sistema que lo prepara para inhibir algunos comportamientos que pudieran ser adversos o resulten desfavorables, incluso al quedar enredados o enganchados con las palabras, nuestro comportamiento puede ser influenciado de una manera que no nos ayude a lidiar con las problemáticas.

Para entender el lenguaje altisonante, es necesario hablar de dos partes del cerebro: una más antigua que corresponde al sistema límbico, la amígdala y los núcleos de la base, que están en lo profundo del cerebro y una más reciente que corresponde a la corteza, es decir, todo lo que está en la parte externa.

El sistema límbico regula la motivación y la emoción, mientras que la corteza nos permite percibir, conocer, razonar y planear, en realidad estos dos sistemas están interconectados y funcionan juntos.

Por lo que toca al tema lingüístico el hemisferio izquierdo se asocia con el orden, el uso gramatical, la semántica de las palabras y cómo las vamos ensamblando para dar significado. Por otro lado, el hemisferio derecho participa en la tonalidad de los mensajes y algunas automatizaciones.

Una región particularmente importante es la amígdala, que entre otras funciones, impregna de emociones a los recuerdos, sobre todo desagradables, por ejemplo, esta estructura incrementa su actividad metabólica cuando una persona observa un rostro enojado o escucha un vocablo tabú.

Además, las groserías no sólo cambian la actividad de esta parte del cerebro sino que también son seguidas de una mayor respuesta del sistema nervioso simpático, la parte que prepara fisiológicamente al organismo para luchar o huir de las amenazas.

Por lo tanto decir groserías no atenuará la activación de los sistemas vinculados con el estrés, al contrario, podría retroalimentar la respuesta de los mecanismos que nos preparan para luchar o huir de las amenazas, por lo que es importante entender que hay estímulos que indican en qué momento sí o no usar estas palabras y es crucial considerar el efecto que pueden tener sobre nuestro comportamiento.

Es posible que decir groserías nos haga parecer maleducados y dignos de poca confianza, pero también se ha planteado que puede tener un efecto de catarsis, no obstante manifestarlas en situaciones de enojo pueden retroalimentar el impulso de luchar, por lo que es importante entender sus efectos en el organismo.

La frustración y la ira son manifestaciones del enojo y el usar groserías en una situación de amenaza no ayudará para resolver el problema, pero además no pasará nada si se suprimen, expresa Gerardo Sánchez, académico de la Facultad de Psicología de la UNAM.

Esto porque el ser humano tiene un sistema que lo prepara para inhibir algunos comportamientos que pudieran ser adversos o resulten desfavorables, incluso al quedar enredados o enganchados con las palabras, nuestro comportamiento puede ser influenciado de una manera que no nos ayude a lidiar con las problemáticas.

Para entender el lenguaje altisonante, es necesario hablar de dos partes del cerebro: una más antigua que corresponde al sistema límbico, la amígdala y los núcleos de la base, que están en lo profundo del cerebro y una más reciente que corresponde a la corteza, es decir, todo lo que está en la parte externa.

El sistema límbico regula la motivación y la emoción, mientras que la corteza nos permite percibir, conocer, razonar y planear, en realidad estos dos sistemas están interconectados y funcionan juntos.

Por lo que toca al tema lingüístico el hemisferio izquierdo se asocia con el orden, el uso gramatical, la semántica de las palabras y cómo las vamos ensamblando para dar significado. Por otro lado, el hemisferio derecho participa en la tonalidad de los mensajes y algunas automatizaciones.

Una región particularmente importante es la amígdala, que entre otras funciones, impregna de emociones a los recuerdos, sobre todo desagradables, por ejemplo, esta estructura incrementa su actividad metabólica cuando una persona observa un rostro enojado o escucha un vocablo tabú.

Además, las groserías no sólo cambian la actividad de esta parte del cerebro sino que también son seguidas de una mayor respuesta del sistema nervioso simpático, la parte que prepara fisiológicamente al organismo para luchar o huir de las amenazas.

Por lo tanto decir groserías no atenuará la activación de los sistemas vinculados con el estrés, al contrario, podría retroalimentar la respuesta de los mecanismos que nos preparan para luchar o huir de las amenazas, por lo que es importante entender que hay estímulos que indican en qué momento sí o no usar estas palabras y es crucial considerar el efecto que pueden tener sobre nuestro comportamiento.

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